Después de una merienda improvisada en una pintoresca cafetería, la tarde nos recibió en sus grisáceos brazos tan pronto como pisamos la vereda.
Viví algunos años en la ciudad capital, pero aun me sorprende su habilidad de no dormir nunca. En el barrio de la periferia, a esta misma hora, los comerciantes ya estarían cerrando las puertas de sus negocios, las doñas entrando a los niños a las casas, las pelotas ya estarían descansando solitarias en los potreros.
Pero esos son conceptos que la capital no conoce. Ya entrada la noche, aun se pueden ver muchas vidrieras resplandeciendo, muchísimos taxis en movimiento y aun mas peatones ansiosos por recorrer la ciudad.
Ajena a todo eso, encuentro a la Luna. Y su presencia me reconforta y me acerca a casa. Entonces apunto a ella mi objetivo, mientras los árboles porteños la acunan en sus brazos.


















































