lunes, 19 de diciembre de 2016

Amaneceres




Este será el cuarto, o quinto amanecer. No siempre es igual. A veces el cielo está despejado, y veo al gris convertirse lentamente en amarillo, y luego en azul.  A veces unas gordas nubes desafían el horizonte hasta que el sol las corona de amarillo. Como manteca sobre pochoclos.
Me hice aficionada a los amaneceres el mismo día en que entendí que debía dejarle ir.





Él, como yo, como todos, vive en una constante transformación. Cambios de los que no supe darme cuenta, o no quise. Lo que sea. Se transformó en un nuevo, impresionante ser. Y en mi cobardía, me sentí traicionada. Yo, que no puedo, que no quiero, dar esos pasos majestuosos que me llevarán a una vida mejor, tal vez más feliz. Yo, que me pongo mil obstáculos en el camino para asegurarme de no avanzar nunca. Yo, cuya mente no deja de pensar estrategias para escapar de este caparazón. Me sentí traicionada porque él decidió avanzar.
Y profundamente egoísta. Como el más vil de los ángeles caídos.
Estúpida, como una niña caprichosa a la que se le quita su juguete favorito.
Ingrata, por querer evitar la felicidad de quién me dibujó miles de sonrisas.



Sólo en los brazos de mi guardián encontré consuelo. Y más que eso: comprensión, claridad de pensamientos, buenos consejos y limites a mi locura.

La templanza descansaba nuevamente en mi pecho, como un pájaro que regresa a su nido.
Una sonrisa (una de verdad) se instaló en mis labios y no me abandonó en toda la noche. Cené con buen apetito. Mi mente comenzó a dibujar proyectos. Mi amistad encontró bases más firmes, y mi amor fue rejuvenecido.





Esa noche agradecí a Dios, por darme otra de sus invaluables lecciones.
Comí un durazno. Me divertí con mi novio. Y me preparé para conocer a este nuevo y fantástico ser en el que se ha convertido mi viejo amigo.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Nuevos rumbos.

Despierto al blog de su largo letargo para presentarlo con su hermano, y de paso para revivirlo, sin choques eléctricos, sino con el mero deseo de escribir.
Pasan demasiadas cosas en mi vida, demasiado rápido como para que mi mente pueda procesarlas de la forma adecuada, así que la lectura se ha convertido en mi refugio. Mejor dicho, volvió a serlo.
Y hablando de cosas que suceden muy rápido y de refugios, mi lectura predilecta estos últimos meses fue "El diario de Ana Frank", una crónica de una niña en tiempos de guerra.
Cada lectura trae detalles nuevos, así que le di sus buenas releídas. No conforme con eso, vi una película sobre su vida (distinta a la otra que había visto, la ultima en filmarse) pero, como uno nunca tiene suficiente de su tema favorito, me propuse a ir al Centro Ana Frank en Buenos Aires.

Lo que he visto y sentido allí, lo relataré en mi blog anexo (de nuevo con los anexos)Mientras tanto en Buenos Aires (click aquí)