Después de una merienda improvisada en una pintoresca cafetería, la tarde nos recibió en sus grisáceos brazos tan pronto como pisamos la vereda.
Viví algunos años en la ciudad capital, pero aun me sorprende su habilidad de no dormir nunca. En el barrio de la periferia, a esta misma hora, los comerciantes ya estarían cerrando las puertas de sus negocios, las doñas entrando a los niños a las casas, las pelotas ya estarían descansando solitarias en los potreros.
Pero esos son conceptos que la capital no conoce. Ya entrada la noche, aun se pueden ver muchas vidrieras resplandeciendo, muchísimos taxis en movimiento y aun mas peatones ansiosos por recorrer la ciudad.
Ajena a todo eso, encuentro a la Luna. Y su presencia me reconforta y me acerca a casa. Entonces apunto a ella mi objetivo, mientras los árboles porteños la acunan en sus brazos.

Que texto tan maravilloso.
ResponderEliminares como la felicidad epicúrea trasladada a cada rincon de cualquier ciudad pero la porteña tien4 su encanto obviamente
:)
Nada tiene que ver la vida urbana, el trasiego de una gran ciudad, con la paz y la tranquilidad de la naturaleza. La luna en la noche baila entre ruidos y los silbidos del viento. Ella no entiende de luces y de tráfico.
ResponderEliminarUn abrazo.
Lograste introducirme en ambos ambientes con su gran belleza cada uno. La gran ciudad que nunca duerme y la tranquilidad que acerca al cielo. Ambos, para ser gozados.
ResponderEliminarUn beso.